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Venezuela rompe relaciones con Cuba (1961)

El 11 de noviembre de 1961, el Gobierno nacional presidido por Rómulo Betancourt rompió relaciones con Cuba. El discurso pronunciado en cadena de radio y televisión frente a la nación contiene muchos de los elementos de la que fue la república civil a la que debemos regresar.

Lea aquí el discurso completo:

Vengo a anunciarle al país que el Gobierno Nacional ha participado en el día de hoy al gobierno de Cuba su decisión de romper relaciones diplomáticas y consulares. Hemos llamado a Caracas al personal de nuestra embajada en La Habana y se le ha solicitado al personal diplomático y consular cubano acreditado ante la Cancillería de Venezuela que dentro de razonable plazo abandone el país.

El gobierno que presido tenía decidido, desde hace una semana, romper relaciones diplomáticas y consulares con el gobierno actual de Cuba. Respetables razones humanitarias impusieron una pausa de días en la ejecución de la medida ya tomada. Cerca de un centenar de asilados estaban aún cobijados bajo la protección de nuestra bandera. Era necesario garantizarles la protección de otro gobierno amigo y no entregarlos, indefensos, a las represalias de un régimen para el cual el desmán y el irrespeto a la persona humana parecen no tener límites. El gobierno de México, con gesto que mucho le apreciamos, aceptó trasladar a su sede diplomática a quienes -hombres y mujeres y niños- esperaban desde hace largos meses en nuestra embajada que se les otorgase salvoconducto para salir al exilio.

Las razones que han determinado esta decisión del Gobierno Nacional son conocidas por el país. Esclarecedora fue a este respecto la exposición que hiciera a los venezolanos el Canciller de la República. En mérito de la brevedad y para evadir lo anecdótico, no se hizo referencia en esa exposición a otros muchos hechos y actitudes del gobierno cubano, reveladores de una desafiante agresividad frente a Venezuela, a sus gobernantes libremente electos, a sus instituciones democráticas. Pero lo que ya resultó imposible de aceptar, porque en ello estaba en juego la dignidad misma de la Nación, fueron los recientes exabruptos del Canciller de ese gobierno, en los cuales se acusó al nuestro y al Jefe de Estado de actuar bajo los dictados e indicaciones de potencias extranjeras. La única respuesta decorosa que podía dárseles a quienes así rebasan todos los límites de lo tolerable en las relaciones internacionales es la que ha dado el Gobierno que presido.

Es cierto, y de ello no tenemos por qué arrepentirnos, que el Gobierno de Venezuela no ha ocultado en ningún momento su repulsa a los métodos de fusilamientos políticos, encarcelamientos en masa, irrespeto de la dignidad y la vida humanas, que se vienen aplicando por el gobierno de Cuba. Esa repulsa no enraíza sólo en elementales sentimientos de solidaridad con un pueblo de nuestra misma raza y lengua. También se ha señalado por nuestra Cancillería y por mí mismo que esas prácticas totalitarias violan expresas normas del sistema interamericano, dentro del cual se considera parte el gobierno cubano, por cuanto mantiene su representación ante la Organización de Estados Americanos. La tesis de que los derechos humanos son supranacionales y de que ningún gobierno puede matar, torturar y perseguir con implacable saña a sus opositores no solo tiene el carácter de posición principista y doctrinaria; es compromiso y obligación concreta de quienes integran la comunidad regional de los Estados de este continente. El principio de autodeterminación de los pueblos y el de la no intervención de un Estado en las cuestiones internas del otro, no pueden ser invocados, a la luz de textos específicos de los tratados internacionales americanos, como parapeto protector de una política de ‘represiones sangrientas que América entera repudia’.

No es de hoy esa posición y ese criterio de mi gobierno. Lo sostuvo frente a la dictadura de Santo Domingo. Acusó a ese régimen despótico por violador de los derechos humanos ante la Comisión de Paz del Caribe, Organismo de la OEA. Esa comisión se pronunció condenando al dictador y a sus métodos. El desembozado apoyo que Trujillo dio a quienes realizaron en la avenida de Los Próceres el atentado del 24 de junio de 1960, fue respuesta a esa posición de consecuencia de los principios, adoptada frente a sus métodos criminales de gobernar, por el régimen venezolano. Alto fue el precio que pagamos por esa insobornable lealtad a criterios de solidaridad y defensa de pueblos americanos victimados por despotismos, que en nosotros están profundamente arraigados porque por su vigencia se pugnó con tenacidad cuando en Guasina y Sacupana, en las cárceles y en el exilio, millares de venezolanos sufrían la misma suerte que han venido padeciendo dominicanos y cubanos.

En todos los pronunciamientos oficiales de Venezuela sobre la situación cubana se mantuvo siempre un tono de discreta ponderación. No se insultó jamás a los gobernantes de ese país, aun cuando se trata de mandatarios autoelectos, que nunca convocaron al pueblo a elecciones. Otro ha sido el proceder de los gobernantes de Cuba y de sus vehículos regimentados de información. El más plebeyo e insultante de los lenguajes han venido usando contra nuestro país y contra su gobierno. La situación de los varios centenares de asilados en nuestra embajada y el deseo de que cuando se fuera a una reunión de Consulta de Cancilleres pudiera exhibir Venezuela su ecuanimidad como una prueba más de la manera objetiva con que se enjuicia la situación cubana, habían retardado la medida que hoy se adopta. Cuando fue ofendida la dignidad de Venezuela ningún lapso aplazatorio para romper relaciones con el gobierno de Cuba podía ser considerado. La única respuesta compatible con el decoro nacional es la que se ha dado.

La ruptura de relaciones diplomáticas y consulares con el gobierno de Cuba no modifica ni en un ápice, por otra parte, otras normas a las cuales estamos celosamente apegados. Se refieren a la no intervención armada en Cuba por otro país americano. Venezuela no será base de operaciones de ningún grupo que desde nuestro territorio pretenda invadir, armado, a Cuba. Dentro de la Organización de Estados Americanos, y en nuestros contactos bilaterales con otras cancillerías del continente, sostendremos con recia firmeza la tesis de que la invasión a Cuba por fuerzas armadas de un país americano sería la quiebra del sistema regional y el fracaso del esfuerzo de treinta años, realizado para que se consagre como un principio no discutible el de que los ejércitos de un país continental no pueden invadir y ocupar a otro país de América. Distinto de ello, y sí compatible con las pautas de la Carta Constitutiva de la Organización de Estados Americanos y con tratados internacionales, es que en una reunión de consulta de Cancilleres se estudien las medidas colectivas adecuadas para impedir que miembros de la comunidad regional interfieran en los asuntos internos de otro, u otros, y se conviertan en riesgo potencial para la paz de América, al supeditar su política internacional a la de potencias extracontinentales y al adquirir en ellas verdaderos arsenales bélicos.

Y ya para concluir esta breve exposición voy a formular dos consideraciones. La primera se refiere a la actitud que he asumido, en mi condición de Presidente de la República, ante las injurias a Venezuela que han conducido a la ruptura de relaciones diplomáticas y consulares con el gobierno de Cuba. Decidí, al informarme de esos agravios al país, que debía responderse a ese Gobierno con la ruptura de relaciones. La conducción de la política exterior, por expreso mandato constitucional, es una función atributiva y privativa del Jefe del Estado. Pero cuando se gobierna con sentido democrático, y no autocrático, esas atribuciones del Jefe del Estado, no se interpretan con un sentido restrictivo, sino adecuándolas a realidad es que no pugnan con su esencia misma. Por eso solicité y obtuve el pleno respaldo del Consejo de Ministros y de los partidos políticos de la coalición gubernamental a la decisión que iba a adoptarse. De ella informé a los dirigentes obreros democráticos y a otros sectores, los cuales han exteriorizado, al igual que los partidos de gobierno, su rechazo indignado a las injurias contra Venezuela y sus gobernantes lanzadas desde los reductos oficiales de Cuba. Y a personeros calificados de las Fuerzas Armadas les expuse también la línea de conducta que iba a adoptar el Gobierno Nacional, ya que es honrosa función específica de esa Institución la de estar alerta en defensa de la soberanía de la patria, y porque se trataba de aceptarle el reto al gobierno de la América Latina que ha recibido de sus aliados comunistas de Europa y Asia material de guerra cuantioso, al extremo de que fuera de Estados Unidos no hay país del continente que tenga en la actualidad mayor cantidad de hombres integrados en un ejército de 300 mil efectivos.

La segunda es un llamado tan sincero como patriótico a los grupos políticos que en Venezuela sostienen con mayor calor la causa cubana que la de su propia patria. Llamado en el sentido de que manifiesten su oposición a esta decisión del Gobierno Nacional por los métodos pacíficos y legales de la crítica desde sus curules parlamentarias y desde sus órganos de prensa, publicados estos últimos sin censura previa ni represalias gubernamentales. Si escogen otro camino, el de la violencia callejera, y el motín, la respuesta del Gobierno será rápida, enérgica y eficaz. La garantía del orden público es deber primordial de un Gobierno. Y convencido de ello, el que rige actualmente los destinos de la República, impedirá que con motivo de las relaciones diplomáticas con el régimen cubano se reediten los violentos episodios que conmovieron Caracas y a otras ciudades del país en octubre y noviembre del año pasado.

Abrigo la segura confianza, porque en mis días de exiliado conviví con el pueblo cubano y aprecié su insobornable pasión de libertad, en que esta ruptura de relaciones diplomáticas no será de larga duración. El pueblo de José Martí recuperará la rectoría de su propio destino y terminará por darse un gobierno representativo, nacido del sufragio, respetuoso de los derechos civiles y políticos. En ese día fausto, será para los venezolanos y para su Gobierno momento de honda significación el restablecimiento de las normales relaciones diplomáticas, con el régimen democrático que el pueblo de Cuba, sin interferencias extrañas, intra o extracontinentales, se haya dado por su propia y soberana voluntad.

Rómulo Betancourt

Fuente: Rómulo Betancourt Bello

Imagen: Web

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