La vuelta al sur en 60 días: el comienzo

La vuelta al sur en 60 días...

Viajar: en eso se convirtió la vida por dos meses. La casa cabía a cuestas en una mochila, allí iba lo necesario para recorrer unos 20 mil kilómetros de carreteras desde Caracas a Buenos Aires, y luego el regreso cruzando todo Brasil. Un descubrimiento permanente, una sorpresa, un paisaje entre signos de exclamación: eso fue esta Travesía, como una fantástica historia al estilo Julio Verne

Esta es la historia de un viaje extraordinario, uno de esos que sólo se hacen una vez y en un momento de la vida. Periodista independiente, soltero, sin hijos (¡y con novia comprensiva!), esta era la ocasión justa para tomar una mochila y salir a recorrer el continente, para asumir largas jornadas yendo en autobús de un país a otro, para dormir en hoteles baratos, para caminar ciudades hasta medianoche, para acostarse tarde y levantarse temprano. Este, para mí, era el momento; si no ahora, cuándo.

Hice, entonces, un viaje inigualable, irrepetible, inolvidable… francamente inolvidable. La historia comenzó y terminó en Caracas, cruzó siete fronteras y recorrió casi 20 mil kilómetros de carreteras a través de toda Suramérica. Fue una Travesía (así, con mayúscula) emocionante y repleta de sorpresas, un descubrimiento constante, un asombro cada día, un paisaje infinito, un encuentro con el Nuevo Mundo, surrealista, insólito, inverosímil, irónico, con una realidad que raya impunemente en lo fantástico. En 60 días no fui más que un viajero, uno que, morral al hombro, no tenía prisas ni tiempos de llegada, ni citas urgentes ni agendas por cumplir. El único compromiso, irrenunciable cada día, era conocer aquel mundo extendido ante mis pies.

Así salí de Caracas una noche cualquiera con destino a Colombia, donde arrancaba el itinerario que habría de llevarme por los vericuetos majestuosos de esta América soñada, desde la Muralla de Cartagena hasta la Garganta del Diablo, del Cristo de Corcovado al imperio de Machu Picchu, del Salar de Uyuni al gol del Maracaná, del caos de La Paz al orden de Santiago, de la intrascendencia de Urubamba a la importancia de Brasilia, de los hostales pobres de Puno al Museo del Oro de Bogotá, de las costas del Caribe al hielo duro del Pacífico y a la delicia del Atlántico; del frío espantoso de las noches bolivianas al calor denso de las tardes brasileñas, de la visión del Aconcagua al reencuentro con El Ávila, de norte a sur, subiendo y bajando una y otra vez el lomo magnífico de nuestra hermosa Cordillera.

Fueron 60 días hallando pueblitos solos a mitad de carretera, hombres anónimos que marchaban a la orilla del camino y niños colorados por el frío y por el sol de los Andes. Dos meses andando en cualquier punto perdido del mapa, cediendo al llanto ante una visión reconciliadora, un desierto portentoso, una urbe iluminada, una montaña gigantesca, un recuerdo, una añoranza.

Fue este un viaje millonario en experiencias, muchas que, para bien o para mal, quedarán solo en el recuerdo de este mochilero, mientras otras tantas hallarán la fortuna de contarse. Pero así, cuando ya la vida no era más que viajar y viajar, cuando ya consideraba que era justo decir que “Viajero” era una ocupación y que entonces debía ponerlo así en la boleta de inmigración del próximo país, cuando ya el pasaporte era lo único imprescindible para seguir buscando un lugar sobre la Tierra, llegó el momento del retorno, cruzar la última frontera y estampar el último sello, subir al último autobús y despertar en la última ciudad, o la primera: Caracas, la odalisca rendida y su sultán enamorado.

Así desperté una mañana en mi cama, con dos meses de nostalgias encima y con la impresión certera de que todo había sido un sueño. Pero no lo fue, he aquí las fotos que lo prueban. Entonces acepté la realidad: el viaje terminó, me dije, se acabó la Travesía, y en ese instante, como un rayo me asaltó de pronto una idea igual de emocionante: “¡Ahora tengo que contarla!”.

Y eso es lo que sigue a continuación: una serie donde se relata, grosso modo, la bitácora de este alucinante recorrido. ¡Buen viaje!

Por: Johan Ramírez

Instagram: quiendijolejos

Fuente: https://quiendijolejos.com

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